Deporte, formación e inclusión

El deporte está presente en algunos instrumentos internacionales de derechos humanos (artículo 31 de la Convención sobre los derechos del niño, artículos 10 y 13 de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer o artículo 30 de la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad). En el punto 1 del artículo 1 de La Carta Internacional de la Educación Física, la Actividad Física y el Deporte, de la UNESCO, puede leerse: “Todo ser humano tiene el derecho fundamental de acceder a la educación física, la actividad física y el deporte sin discriminación alguna…”

La práctica deportiva es una actividad relacionada con la salud, con la libertad, con la inclusión de todas las personas… Y esto obliga a que su desarrollo y su organización estén basados en los principios y los valores del discurso de los derechos humanos, que deben compatibilizarse con los que singularizan al deporte.

Lo anterior posee implicaciones importantes sobre diversos aspectos y nos plantea interesantes preguntas: ¿Hasta qué punto es compatible el discurso del deporte y el de los derechos?;  ¿Deben las organizaciones deportivas implicarse en cuestiones de derechos humanos? Y, si deben hacerlo, ¿hasta que punto?; ¿Es posible mantener esa afirmación en relación con el deporte competición? ¿Y con el deporte profesional?… Abordaré estas cuestiones en otras entradas.

Me interesa aquí detenerme muy brevemente en la cuestión de la formación. No creo que sea discutible la importancia que ésta cuestión en el desempeño de cualquier actividad. Normalmente cuando se relaciona deporte y formación, se suele hacer referencia a la transmisión de conocimientos, competencias, habilidades, valores, por parte del entrenador o entrenadora, al deportista.

Sin embargo, la formación de los formadores, esto es, de entrenadores y entrenadoras, es algo esencial. Y esa formación, debe ser una formación integral, esto es, una formación no solo dirigida a la adquisición de conocimientos y competencias técnicas y tácticas, sino también al conocimiento de herramientas y procedimientos que permitan la transmisión de valores y que contribuyan al desarrollo personal de aquellos/as sobre los/as que se proyecta su labor.

Como ya he subrayado, solemos referirnos al deporte como herramienta para el ocio y la salud; para el desarrollo físico, mental, psicológico y social; para aprender valores (amistad, juego limpio, trabajo en equipo, disciplina, compromiso, autonomía, responsabilidad, superación); para contribuir a desmontar los estereotipos, la inclusión…

Pero, como he afirmado en otras ocasiones el deporte puede ser una herramienta de discriminación, de exclusión, de violencia…, puede generar individualismo, envidia, ingratitud, exclusión….

El 11 de diciembre de 2017, podía leerse en el Mundo un artículo de una periodista y escritora titulado “El camelot de Mouriño” en donde se decía: “En España ya nadie le mete el dedo en el ojo a nadie. Es una pena. El deporte debe de ser rivalidad, tensión, envidia… Hasta odio (dentro de los parámetros racionales, por supuesto). Así ha sido siempre pese a ese rollamen que tratan de inculcarnos en los colegios de que lo importante es participar. En realidad, pasa un poco como los juguetes unisex. Al final casi todos los niños tiran para el monte y para el camión o la barbie según se tercie. Hasta los que tienen pene y se llaman Jennifer. Que no nos engañen” (disponible en http://www.elmundo.es/deportes/futbol/2017/12/11/5a2daab8e2704ef3778b469a.html ).

En la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas titulada Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (2015) se dice: “El deporte es otro importante facilitador del desarrollo sostenible. Reconocemos que el deporte contribuye cada vez más a hacer realidad el desarrollo y la paz promoviendo la tolerancia y el respeto, y que respalda también el empoderamiento de las mujeres y los jóvenes, las personas y las comunidades, así como los objetivos en materia de salud, educación e inclusión social”. Y en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, se ha relacionado al deporte con los objetivos 3 (garantizar una vida sana y promover el bienestar de todos a todas las edades), 4 (garantizar una educación inclusiva y equitativa de calidad y promover oportunidades de aprendizaje permanente para todos), 5 (lograr la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y las niñas), 11 (lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles), 16 (promover sociedades justas, pacíficas e inclusivas).

Saber transmitir un enfoque correcto de la práctica del deporte que, junto a su inherente y básica dimensión competitiva, incluya su consideración de herramienta para la inclusión y la no discriminación, no es algo que se posea de manera natural, sino que es objeto de aprendizaje. Por eso, resulta muy satisfactorio que los programas de formación de entrenadores y entrenadoras se abran a cuestiones como “deporte adaptado y discapacidad” o “género y deporte”. Ahora bien, el peso de este tipo de formación debe aumentar y, lo que es más importante, desde las organizaciones deportivas, debemos fomentar esa formación conscientes de nuestro papel en el proceso educativo de los/as jóvenes.

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